«Pienso, luego me emociono»

Prestar atención a los pensamientos que desencadenan tus emociones ayuda a mejorar tu conciencia emocional y a desarrollar una adecuada regulación emocional, competencias prioritarias de la Educación Emocional.

<<Conócete a ti mismo>> dijo Sócrates. Para ello es fundamental tomar conciencia de la interacción entre el  pensamiento, la emoción y la conducta desarrollada.

Pensamiento > Emoción > Acción

El pensamiento es una hipótesis que hacemos sobre la realidad. El pensamiento nos lleva a emitir unas frases o diálogos interiores. Los pensamientos ante una determinada situación, varían de una persona a otra ya que están condicionados por las propias creencias que cada uno ha ido forjando a lo largo de su vida.  En función de cómo sea este pensamiento, de qué frases nos decimos surgirá una emoción. Esta emoción o emociones podrán ser agradables o desagradables, y a partir de aquí se desencadenará nuestro comportamiento, por lo que actuaremos de un modo u otro.

En la actividad práctica que tenéis en la sección “Padres”, se expone un ejemplo de conciencia y regulación emocional:

“Imagina que te encuentras divisando un hermoso paisaje: un precioso atardecer en el mar o una puesta de sol en la montaña, un domingo cualquiera. Sientes la pequeña brisa en tus mejillas, percibes los más maravillosos olores, te sientes tranquilo y estás disfrutando.

De repente, aparecen en la escena tus hijos con sus amigos de la pandilla, comienzan a gritar, un balón golpea tu rostro, te llaman sin parar… así que, en pocos minutos tu tranquilidad ha desaparecido y comienzan tus frases y diálogos interiores: “¡ya estamos!, siempre pasa igual, ya han venido a fastidiarme esta preciosa puesta de sol, esto es el colmo, y mañana de vuelta al trabajo, cuando llegue corriendo tendré que preparar el informe que están esperando, con lo bien que estaba aquí …”.

Con estos pensamientos en pocos minutos hemos abandonado la serenidad, para pasar a sentir enfado y tristeza. Desde sentir emociones agradables, hemos hecho el camino hacia las emociones desagradables. Y de ahí pasamos a la conducta: gritar o castigar, lo cual no es solución proporcionada a la situación.

Como vemos, los propios pensamientos son los que han conducido a sentir las emociones desagradables, que han provocado una conducta inapropiada en esta situación.”

Si realizamos una confrontación de las frases interiores que nos decimos ante una determinada situación de nuestra vida, comprobando la exactitud de esos pensamientos con la realidad, en ocasiones serán adecuados, pero en otras ocasiones podremos darnos cuenta de que son frases o diálogos interiores desproporcionados al carácter de la situación, lo que suele ocurrir cuando llegamos a sentir una intensidad emocional exagerada.

Es por ello que dedicarnos a darnos cuenta de las frases interiores e ideas que nos formulamos, nos va a ayudar mucho a regular la intensidad de nuestras emociones, consiguiendo entonces comportamientos más adecuados a la situación.

El psicólogo estadounidense Albert Ellis, considerado uno de los psicoterapeutas más influyentes de la historia fue pionero en desarrollar los trabajos sobre reestructuración cognitiva en los años 50, aunque ya 2.000 años antes Epícteto se refería a que “No nos perturban las cosas sino las opiniones que de ellas tenemos”.

A continuación os mostramos la clasificación de “pensamientos distorsionados” que en esta línea realizó el investigador y psiquiatra estadounidense David D. Burns. Si somos conscientes de cuáles de ellos son los más recurrentes en nuestros diálogos con nuestros hijos o en nuestras frases interiores en otros aspectos de nuestra vida seremos capaces de regular nuestras emociones, evitando una ira desproporcionada, sentimientos de culpa o desánimo generalizado:

1.- Pensamiento todo/nada.

Este pensamiento implica que todo cuanto se hace debe ser perfecto, de lo contrario se piensa que es un fracaso.

Por ejemplo tiene lugar cuando nos decimos a nosotros mismos: “Todo me sale mal”.

Como veis, es un pensamiento irracional, distorsionado, es imposible que “todo me salga mal”, sin embargo este tipo de mensajes desencadena en nosotros una emoción desagradable de desánimo o enfado. En su lugar, frases como “es verdad que en esta ocasión no lo he hecho bien, pero no siempre es así” ayudan a definir mejor la realidad, y así conseguir un mejor equilibrio emocional.

Esto mismo si lo aplicamos a nuestros hijos: es imposible que “todo lo hagan mal”, un pensamiento más realista puede ser algo así como “en esta ocasión no lo ha hecho bien, pero no siempre es así, otras veces ha demostrado hacer muy bien las cosas”, de esta forma evitaremos emociones desagradables que nos lleven a  comportamientos inadecuados como gritar o castigar de forma desproporcionada, por cuanto no estaremos reaccionando impulsivamente a la situación sino dándole una respuesta más ajustada a la realidad.

2.- Generalización excesiva.

Este pensamiento nos lleva a creer que un acontecimiento negativo se repetirá siempre.

Por ejemplo: “Mi hijo nunca me escucha”. Igual que en el caso anterior, no hay evidencias de que esto vaya a ser siempre así. Sin embargo este pensamiento nos llevará a emociones desagradables como la desesperanza y desilusión. En su lugar frases más ajustadas a la realidad como “Es cierto que en esta ocasión no me ha escuchado y ha hecho lo contrario de lo que le dije, pero eso no significa que siempre vaya a ser así, hablaré con él de nuevo”

3.- Filtro mental.

Este tipo de pensamiento hace que nos fijemos únicamente en los aspectos negativos de una situación, por lo que perdemos nuestra visión objetiva sobre ella, no somos capaces de sopesar la parte buena y mala que hay en ella. Tiene que ver con “ver el vaso medio vacío en vez de medio lleno”.

4.- Descalificar lo positivo.

Consiste en quitar importancia a las cosas buenas que nos ocurren, pensando que no son merecidas o son fruto de la casualidad. Es el caso de recibir un halago y pensar “no lo dice sinceramente”.

5.- La “lectura del pensamiento” y el “error del adivino” nos llevan a conclusiones apresuradas.

En estos casos, sin tener una evidencia, realizamos suposiciones acerca de lo que otras personas puedan estar pensando. En otros casos mediante una tendencia a la adivinación se piensa que va a ocurrir algo malo.

6.- Magnificación/minimización.

Mediante este tipo de pensamientos, la persona tiende a aumentar sus fracasos y a disminuir sus éxitos de una forma desproporcionada.

Por ejemplo: en el trabajo, “he cometido un error grave, qué van a pensar de mí, va a ser mi perdición”. En este caso, la persona ha cometido un error y piensa que toda su reputación profesional se va a ver afectada por un único fallo.

Un ejemplo de minimización con nuestros hijos podría ser: “tiene un expediente académico sobresaliente”, “no tiene tanta importancia, este curso es fácil”. En este caso, en lugar de sentirse muy satisfecho por el resultado de su hijo, minimiza sus logros.

7-. Razonamiento emocional.

Consiste en prestar atención al estado de ánimo para justificar una situación. Por ejemplo: “me siento desdichado, por consiguiente en debido hacer algo malo para sentirme así”. En este caso se tiende a la resignación, dejándose llevar por el estado emocional.

8.- “Debería”.

Este tipo de pensamiento parte de un patrón ideal de comportamiento que debe ser cumplido por nosotros y por el resto de las personas. Cuando los demás o nosotros mismos no respondemos a la expectativa creada surge  la frustración, la culpabilidad o la apatía. Por ejemplo un padre se enfada con su hijo, y piensa “debería ser más transigente” (por lo que surge el sentimiento de culpa), en lugar de decir “me gustaría aprender a enfadarme con menos facilidad”.

9.- Etiquetación.

Se refiere a la creación del propio autoconcepto o del concepto de los demás a partir de fijarnos en los errores o defectos. Por ejemplo: una persona tiene una caída en público y exclama “Soy un torpe”.

En el caso de un niño que por ejemplo tiene que ordenar su cuarto y no lo hace: “Eres un desordenado”. De esta forma no estamos teniendo en cuenta que en otras ocasiones sí habrá recogido el cuarto y por lo tanto no es cierto que “sea un desordenado” más bien que en esta ocasión no ha cumplido su obligación. La “Etiquetación” perjudica la construcción de un adecuado autoconcepto y una sana autoestima.

10.- Personalización.

Este tipo de pensamiento hace responsable a la persona no sólo de sus propios actos sino también de los de los demás. Por ejemplo: un alumno es expulsado por su mal comportamiento. La madre exclama: “Soy una mala madre. Me siento culpable de lo ocurrido”. Si bien los padres somos la primera escuela para los hijos, no podemos exculparlos de sus propias responsabilidades.

Después de conocer cuáles son los pensamientos distorsionados más comunes que en mayor o menor medida pueden surgir en nuestras relaciones familiares y en otros aspectos de la vida, te invitamos a la reflexión sobre ello y a realizar las actividades prácticas de los apartados 1 y 2 de la sección Padres.

El video que os mostramos a continuación, además de invitarnos a mejorar nuestra empatía, refleja situaciones en las que nuestros pensamientos nos llevan a comportarnos de una forma que no sería la misma si confrontamos dichos pensamientos con la realidad.

https://www.youtube.com/watch?v=hXEzG7X-pbk

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